José Enebral Fernández
Se viene hablando de los
directivos-líderes
como portadores de grandes virtudes personales y profesionales, como
superhombres efectivos e íntegros; así se hace, a la vez que, en esa
misma literatura del
Management,
se nos proponen métodos para gestionar una supuestamente generalizada
incompetencia de los trabajadores, a quienes se viene reduciendo a la
condición de seguidores o recursos. Acaso, en la economía del saber y el
capital humano, habríamos de apostar por la profesionalidad y el protagonismo de todos, en vez de alentar el
liderazgo en los directivos y el seguidismo en los trabajadores.
Años atrás y en tono escéptico, un antiguo colega, consultor con
cierta experiencia, me decía que lo del liderazgo de los directivos
podía ser otra cosa, pero que estaba resultando “en un 50%, gratuito, y
en el otro 50%, fortuito”. Como me quedara mirándole sin saber a qué se
refería, añadió que yo llegaría a la misma conclusión, si observaba a mi
alrededor además de consultar libros. Por entonces, lo que yo venía
viendo con frecuencia eran responsables de
Recursos Humanos
empeñados en orquestar cursos, y más cursos, para desarrollar el
liderazgo en sus empresas, para “reforzarlo”; pero mi colega me pedía
que observara, si podía, a los propios directivos en sus puestos.
Ya en los años 90 se percibía tanta liturgia como doctrina, acaso más
ruido que nueces, en lo referido al liderazgo de los directivos y otros
cambios culturales. En grandes empresas, las áreas de formación y
desarrollo venían orquestando programas formativos para los “futuros
líderes” y empezaban a hablar del “talento”, en vez de hacerlo del
“potencial”. Se referían, sí, al talento directivo, y no al talento de
los expertos técnicos. Parecía precisa una nueva forma —más personal y
penetrante— de dirigir personas, y habían surgido diferentes modelos de
liderazgo o dirección, en la literatura del Management. El directivo
había de “gestionar”, pero también debía “liderar” a sus
subordinados tras metas atractivas y retadoras, bien elegidas.
Sí, el liderazgo podía ser otra cosa; podía orientarse a seleccionar
metas, a definir estrategias, a perfilar los futuros más idóneos, a la
vez alcanzables y prósperos, a trazar caminos… Pero
este liderazgo generativo, creativo, el de ver más allá sin perder conexión con el entorno, parecía quedar para el sumo líder.
A los asistentes a los cursos de liderazgo parecía enfocárseles, en
general, la relación jerárquica, el gobierno (incluida la “motivación”)
de los trabajadores. No cabe generalizar, pero parecía haber más de
controlar personas que de plantear atractivas metas; parecía tratarse de
un cierto liderazgo intermedio; de que los subordinados siguieran a sus
jefes.
Puede que, en el lenguaje cotidiano, el liderazgo haya en verdad
perdido cierta conexión con las metas, y tal vez habría que recuperarla.
Desde luego, cuando las metas resultan atractivas para los
profesionales técnicos, puede funcionar el correspondiente magnetismo, y
quizá no se ha de recurrir tanto al seguidismo tras los líderes. No
obstante,
los términos “líder” y “seguidor” no parecen formar parte del
lenguaje cotidiano sino, más a menudo, del lenguaje de la formación, de
la consultoría, o de la pompa y circunstancia.
De la polisemia del liderazgo
Al hablar del liderazgo de los directivos y simplificando, unas veces
enfatizamos la posición que ocupan, o sea, su poder y responsabilidad
de
gestión en la empresa,
y otras, enfatizamos su perfil relacional-emocional, es decir, la
autoridad moral sobre sus subordinados, la capacidad de activar su
energía psíquica y física. Cabe detenerse en estos dos soportes básicos y
sinérgicos para el significado del
liderazgo
en la empresa: posición y relación. Son dos acepciones y, si se quiere,
dos caras de su jánico rostro en la empresa: la del poder formal (como
jefe) y la de la autoridad más personal (como líder), recibida de los
subordinados.
Diríase que, por su naturaleza, la autoridad moral se perdería al
primer signo discorde, de modo que, en la literatura del Management, el
liderazgo —expresión de una cierta perfección en la gestión— se viene
asociando a la integridad, al buen hacer, a cierta
empatía
con los subordinados y a otras muchas facultades y fortalezas que, sin
embargo, no son siempre exclusivas o más propias de los directivos. Hay,
por ejemplo, un modelo nacional de dirección, Dirección por Hábitos,
que hace referencia concretamente a la prudencia, la justicia, la
fortaleza y la templanza, como “hábitos que perfeccionan la dirección”
(tomado de un libro de Sandra Díaz y Marián García, editado por Élogos y
Mind Value). No faltará quien piense que, además de
prudente,
el líder habría de ser en ocasiones audaz…; pero bienvenidas sean, sin
reservas, las virtudes cardinales bien entendidas, tanto en directivos
como en trabajadores.
Se evita, sí, vincular al líder con una gestión desacertada o
perversa; de hecho, conocidos business experts nacionales optan por
distinguir entre
líderes
y alborotadores, para citar en el segundo grupo a gobernantes
corruptos, perversos, de otros tiempos. Les tachan de meros
“alborotadores”, aunque miríadas de individuos, por interés, convicción u
obligación, les siguieran. También en nuestro tiempo hemos conocido sin
duda gobernantes seguidos y apreciados por multitudes, que han acabado
suscitando bastante más rechazo que adhesión.
Saltando a nuestro muy diferente entorno, el empresarial, también
viene a ser interés, convicción u obligación lo que mueve a los
subordinados-seguidores en las organizaciones. Como es sabido, dentro de
las empresas se ha tenido por líderes a ejecutivos corruptos y
manipuladores, al margen de la ley o de la
ética, con y sin procesos de cambio en marcha; por líderes se les tiene hasta que, en su caso, son descubiertos y aun después.
Los más activos defensores del liderazgo —impulsores o adalides de su
desarrollo en las empresas— tratan en efecto, en sus alegatos y
lógicamente, de separar del término sus aspectos y protagonistas más
oscuros, de lustrar la imagen de los líderes, de preservar su brillo
seductor, de proclamar la necesidad de contar con líderes, también para
la salida de la crisis que vivimos (y a la que no se habría llegado, se
pensará asimismo, sin las prácticas inmorales de otros líderes). Se
diría que el líder viene a ser el superman de la literatura del
Management.
Buenos líderes necesitamos, sin duda, pero el riesgo existe;
existe riesgo de que utilicen el plus de confianza atesorada en su
propio beneficio, y no en beneficio colectivo; existe riesgo de que
saqueen sus empresas y envíen al desempleo a los trabajadores. La
supuesta empatía (emocional y cognitiva) del líder ante sus seguidores,
como la inteligencia en general, puede mostrarse solidaria y sistémica, o
egoísta y perversa.
Cabe, claro, alinearse con quienes salvaguardan o defienden el
término “liderazgo”, si con ello se desea predicar la efectividad, la
ejemplaridad, la excelencia de los directivos; pero también surgen
argumentos para un posible papel de abogado del diablo. No, el
liderazgo
no sería deseable en sí mismo, sino en función de los correspondientes
fines y medios desplegados (lo que ya señaló, por ejemplo,
Peter Drucker).
Quizá habría que alentar la profesionalidad en todos, y no tanto el
liderazgo en unos y el seguidismo en otros… Pero estos párrafos no
tratan de inducir asensos, sino también disensos, y alentar así la
propia reflexión del lector interesado, más ajustada a las realidades de
su entorno.
Del papel y el poder del líder
En la vida social vemos como líder a aquel familiar o amigo que suele
llevar razón; en ocasiones y alguna medida, le pedimos ayuda, le
pedimos que piense por nosotros. Sin embargo,
en la empresa el líder lleva casi siempre la razón porque es, caramba, el jefe; porque cuenta, sí, con razones poderosas.
Se diría, como ya apuntara aquel genial dramaturgo noruego (Ibsen, en
efecto), que de poco serviría la razón al subordinado, no teniendo el
poder… Por otra parte, la doble naturaleza de su autoridad, la doble faz
del líder, puede pillar a contrapié al subordinado-seguidor, si aquel
transita de repente, con un brusco giro de cabeza, de líder a jefe.
También, en vez de hacerlo de una doble cara, podríamos hablar de las
dos manos del directivo-líder: la derecha y la izquierda, la diestra y
la siniestra… En estas manos —quizá más en la segunda— hay quienes
también sitúan, sí, una siniestra destreza: la gestión maquiavéliva de
los subordinados, la maquinación tras fines no declarados. En efecto, el
subordinado puede asociar el liderazgo a un clima de confianza mutua,
mientras el líder lo limite a ganar la
confianza de los subordinados,
para fines no siempre declarados. Se presenten o no como líderes,
bienvenidos sean los muchos —sí, muchos— directivos efectivos,
excelentes, íntegros, solidarios…; pero no todos lo son —ya sea porque
no quieren o porque no pueden—, y topamos con demasiada corrupción.
Hay desde luego organizaciones en que apenas se menciona el
liderazgo, acaso para desterrar todo asomo de seguidismo no deseado;
como también hay muchos directivos que, a pesar de haber asistido a
cursos de liderazgo, no se colocan el nimbo correspondiente cuando
llegan a su despacho cada día; que esperan a que los supuestos
seguidores les otorguen, en su caso, la condición relacional de líder…
Pero sí: hemos de aceptar que el liderazgo constituye un buzzword en la
literatura y la enseñanza del Management, y que en el perfil del
directivo-líder, según se viene dibujando, se combinan, se funden —tal
vez se confunden—, el poder recibido de la empresa y la autoridad ganada
ante los subordinados.
Al respecto circula una definición que he leído en diferentes textos,
y que he escuchado, también repetidamente, en distintas convocatorias
para directivos. Viene a decir que
liderar es conseguir que la gente quiera hacer lo que tiene que hacer.
Esta frase-meme aparenta ser una síntesis afortunada, y apunta, sí, a
ambas caras del liderazgo: por un lado, al poder formal para determinar y
ordenar qué ha de hacerse y aun cómo, y, por otro lado, a la autoridad
moral precisa para llegar a infundir en los subordinados el deseo íntimo
de hacerlo.
Pero es también una idea que parece partir de la premisa de que los
individuos trabajan, pero “no quieren” hacerlo en suficiente grado; de
la premisa —vinculada con las creencias del perfil
“X” de McGregor—
de que los trabajadores necesitan un jefe-líder que active su voluntad
en el grado óptimo. De hecho, el mensaje-meme se va construyendo así: “el
auténtico líder es el que logra que los subordinados quieran hacer lo
que tienen que hacer, el que logra que lo hagan contentos, el que
trabaja y conquista su inteligencia, su voluntad y sus emociones…”.
Obviamente, hay también otros modelos o concepciones del liderazgo
que atribuyen mayor protagonismo y profesionalidad a los trabajadores,
sobre todo a los trabajadores del saber y el pensar (knowledge workers, thinking workers); pero se diría que, con sensible frecuencia, el lado relacional del liderazgo se orienta, sí, a la
motivación de los subordinados,
dando por preciso que el jefe-líder —quizá como moderno capataz,
maestro en artes sutiles— ha de motivar a sus subordinados,
supuestamente faltos estos de voluntad y profesionalidad. La intención
puede ser más ambiciosa, y se habla, en efecto, a veces de “conquistar”
la inteligencia, la voluntad, las emociones…
A pesar de estas ambiciosas conquistas (acaso algo invasivas), en el
mismo ideario empresarial se viene a aclarar que “el auténtico líder no
manipula a sus seguidores”. Parece oportuna la precisión, porque se ha
señalado repetidamente que, del liderazgo a la manipulación, hay apenas
un paso. Geoff Webb habla de “a thin line”, y el profesor Arsuaga
sostenía hace años, sin tapujos ni ambages, que “en la empresa liderar
consiste en manipular”, y apostaba por colaboradores que pensaran por
ellos mismos (seguramente no hay otra forma de dar expresión al capital
humano atesorado).
Hay al menos una docena de prácticas manipuladoras que seguramente
resultan familiares a no pocos trabajadores con cierta experiencia:
promesas, arengas motivadoras, promulgación de memes, generación de
deudas de gratitud, cortinas de humo, imputaciones urdidas,
encargos-trampa, adulaciones… Funcionan mejor ante los seguidores
júniores que ante los séniores, pero obviamente estas prácticas no se
enseñan en los cursos de liderazgo; sobre la formación para el liderazgo
caben otras reflexiones.
Formación para el liderazgo
La etiqueta “liderazgo” se utiliza mucho en la formación para
directivos, incluso cuando no se enfoca directamente la relación
jerárquica; parece ser una etiqueta atractiva, que las consultoras y
escuelas de negocios manejan con frecuencia. Pero se orquestan desde
luego acciones formativas orientadas directamente al desarrollo del
liderazgo, acaso enfocando algún modelo específico, de entre los
numerosos existentes sobre el polisémico término. A veces se trata
incluso de breves píldoras on line, de apenas una o dos horas de
duración.
Si cabe un recuerdo personal, me correspondió hace unos diez años
diseñar una de estas píldoras on line, para el desarrollo de la
competencia “liderazgo” en cientos de jóvenes directivos de una gran
empresa. Nunca pensé yo que los usuarios iban así a mejorar
sensiblemente su perfil de líderes, pero, en todo caso, el objetivo
estaba sujeto al nivel 3 de la competencia, como para asegurar que nadie
llegara a ser más líder que su superior jerárquico. Recuerdo la
experiencia por muchos detalles, pero también por las reflexiones que me
suscitó lo que yo, tal vez equivocado, interpreté como una paradójica
limitación. Por cierto, lo que yo recomendaba entonces era leer el libro
La Paradoja, de James C. Hunter.
La dualidad (posición y relación) del liderazgo se aprecia desde
luego en la formación (en su contenido) que a tal fin se despliega en
las empresas para los directivos. Inicialmente, cabe pensar que
el directivo es líder por mor de su puesto ocupado, y no tanto por
los cursos de liderazgo; aunque sin duda toda la formación contribuye a
un mejor desempeño del puesto, y, como efecto secundario, a la solidez
del líder.
En cuanto al lado menos posicional y más relacional del liderazgo, la
condición tampoco viene dada por los cursos, sino por los subordinados;
aunque el cultivo de determinados rasgos personales puede contribuir a
que el jefe-líder gane la confianza y adhesión de aquellos. Claro, este
logro habría de ser más una consecuencia que un objetivo visible; más un
efecto generado, que una meta a conquistar.
Como decía mi antiguo colega, puede que lo del liderazgo sea en parte
“gratuito” (la consideración no viene dada por un diploma, sino
incluida en el puesto directivo ocupado), y en parte “fortuito”: los
subordinados pueden ver a su jefe como líder, o no verlo como tal
(depende). Acaso y a menudo, esto dependa más de aquellos que del jefe,
como también las circunstancias influyen y no poco.
El jefe puede presentar rasgos teóricos de líder sin ser percibido
como tal, y puede no presentarlos, y provocar empero en sus subordinados
cierto magnetismo tras los resultados, algunas emociones positivas
energizantes.
Mensajes finales
Seguramente, poco hay en la empresa más satisfactorio para un
individuo que un trabajo estimulante y un jefe en quien vea a un líder;
pero, ni el trabajo resulta siempre acorde con el perfil competencial
del individuo, ni el jefe es percibido como líder.
En lo relacional y en general, los trabajadores no parecen ver a sus
jefes como líderes, y tampoco se ven por tanto a sí mismos como
seguidores, sino como subordinados. La empresa, además (incluso
dentro de la economía del saber), insiste en verlos como “recursos”
humanos, y no tanto como portadores de valioso capital humano. En lo
posicional sí parece haber empero mayor espacio para el término
“liderazgo”, cuando este conduce a buen fin (la prosperidad).
Llegue el lector interesado a sus propias conclusiones, sin perder de
vista que todo esto es más complejo... Aunque también puede, sin duda,
verse más sencillo: hay quienes legítimamente advierten una simple
sinonimia entre “dirección” y “liderazgo”, como también hay quien la
aprecia entre “recursos humanos” y “capital humano”, entre “innovación” y
“renovación tecnológica”, o entre “calidad” y “seguimiento de la
norma”… Sí, el concepto de liderazgo puede percibirse complejo o
sencillo; al respecto hay autores que hablan de “gestionar con
sencillez”, mientras otros proponen sistemas de dirección aparentemente
complejos, que exigen prolongadas fases de implantación, con ayuda
intensa de consultores externos.
Se trataba aquí, a partir de una visión sin duda particular (la de este articulista), de
alentar la reflexión sobre el hecho de que la predicación del
liderazgo en la empresa no parece habernos llevado a las cotas deseadas
de calidad directiva, al menos en nuestro país. Como tampoco a las
igualmente deseadas de productividad y competitividad, por muy
cualificados (los más sobrecualificados de la Unión Europea) que se
hallen nuestros trabajadores. Espero que hayan encontrado razones para
asentir y para disentir, en beneficio de sus conclusiones. Gracias por
su atención.
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